Era una clara noche de verano.
Como en otras muchas ocasiones, mi arduo y calculado trabajo dio sus frutos y en el asiento del copiloto de mi coche se sentaba una hermosa zagala de grandes senos, ojos claros y hermosa sonrisa. Antes, alguna que otra copa y baile.
Eran las 4 de la mañana y, mirándola a los ojos, lance mi calculado órdago:
Bueno…
Ahora tenemos dos opciones…
O nos vamos a la discoteca a bailar con los demás… o nos vamos a la playa a ver la luna reflejada en tus fastuosos ojos.
Ni que deciros cual de las dos opciones eligió derritiéndose entre mis brazos y fundiéndonos en un beso que bien podía haber durado hasta el amanecer, pero no…
Mi segundo cerebro hacia rato que había tomado el mando de la nave y sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Puse el coche en marcha y nos dirigimos hacia ese rincón semisecreto e intimo que me garantizaba intimidad, playa, luna y sexo, seguro, juar, juar, juar....
Abrí el maletero del coche. Saqué mi manta especial para estas ocasiones y la extendí galantemente en la fina y fría arena para que a mi diva no se le llenara el culo de tierra. Nos tumbamos y, después de un buen rato de calentamiento, me dispuse a atacar el fuerte con la mejor arma que un hombre posee… la lengua. Porque el que no sepa que la polla es para rematar las faenas, nunca dejara satisfecha a una mujer.

Fui bajando poco a poco, besándola en el cuello… descubriendo sus enormes y duros pechos… rodeando su escultural cintura y firmes caderas.
Ella se empezó a abrir como una flor (joder, mestoy poniendo berraco. Ja, ja, ja…)
Sus rodilla empezaron a temblar y a separarse cual Mar pel y Rojo al paso del pueblo elegido por díos guiado por el mismísimo Moisés hacia la tierra prometida, y yo, cual cabalero andante en su brillante armadura, me lance de cabeza al asalto del castillo oculto tras un ligero follaje y, agarrando con delicadeza las gomitas de su ínfimo tanga, tire de ellas hacia mí. Estaba a las puertas de las dos columnas dóricas que anunciaban el preámbulo y me daban la bienvenida al vencido castillo divino cuando…
BLOOOOP…

Su tanga salio despedido hacia mi cara como un tirachinas. Se agarro a mí como un pulpo de cien mil tentáculos. Pero no fue eso lo que hizo que me retirara con el rabo entre las piernas (nunca mejor dicho) si no el pedazo de tufo nauseabundo que desprendía el tanga de mi, hasta ese momento, diosa terrenal.
¡¡¡DIOS MÍO!!!
El romanticismo del momento y mi virilidad se fueron a tomar pol culo cogiditos de la mano.
Aturdido por aquel ataque con gases tóxicos prohibidos por la comisión de los derechos humanos, me puse de rodillas y, con el improvisado antifaz aun colgando de mi cara, acerté a decirle…
Buff…
Creo que voy demasiado borracho.
No me encuentro bien.
Lo que paso después, es otra historia pero lo que si es cierto es que después de unas cuantas horas de sudoroso bailoteo, a todo el mundo le huele el coño, los güebos y el culo. Y si a un culo sudado le metes una tira de tela, esta, quieras o no quieras, arrastra con todo, como un agujero negro y, al explosionar, crea un oloroso y nauseabundo universo de antierotismo.
Desde ese día odio los tangas, y creo que es la prenda más antihigiénica que jamás ha creado la humanidad.
¡¡¡ Y QUE VIVA LA BRAGAFAJAAAAAAAAAA…!!!
Besos y abrazos a casi todos.